Era una sombra, sí,
una sombra proyectada por el fuego de ráfagas
furtivas. Aquella noche
fue la noche del cinismo,
el embozado rostro de caínes sembrando balas.
Y la sombra herida,
la sombra en que caben los posibles nombres
de la oscura idea,
(silueta de alargada arena
en los ojos secos) se fue haciendo diminuta.
Era un dolor negro como sombra,
todos dolores fundidos al símbolo más punzante.
Una estocada de alacrán
para escozar venenos,
un colmillo de perro desorientado
en escuálidos muslos. Era la sombra desmayada
por miedo al vacío
que se torna humo en los hogares,
la sombra cautiva,
la pavorosa sombra bajo la noche.
Una lámpara ciega en escándalo
y el lunar (mosca de oficio), desvelada flor.
Era una mancha avergonzada
de hilaje libertino. Era un orificio solitario
que sometía toda palidez y toda alcurnia
con su ojo cíclope. El monstruo fugitivo
que devora el silencio,
un silencio crepitante en boca de la muerte,
la sombra aguijoneada de una palabra
coja, la sombra húmeda
de la sombra,
callada sombra en la noche callada.
Martín Guerrero Ortega
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