LA POESÍA: ASUNTO QUE NOS MULTIPLICA

domingo, 10 de octubre de 2010

La maldita

Era imposible convivir con ella. No podía más. Estaba harto de soportar su presencia, sus caricias sobre mi piel desnuda nomás de paso. ¿Quién puede permitir que esto suceda sin mover un sólo músculo, quedándose impávido con ella tan cerca, tan lejana a la vez, tan caprichosa? ¿Por qué dejar que lo insoportable avance? Pero la vida es así, uno debe permitirse vivir un rompimiento alguna vez con tal de hallar de nuevo el equilibrio.

Hace tiempo la relación era diferente. Ella era más discreta. Cuando salía de casa, lo hacía con sigilo para que no me diera cuenta. Luego volvía, dueña y señora de lo que tocaba. Yo también era más liberal, así que cada quien hacía lo suyo por rumbos distintos; compartíamos una vida juntos que, a veces, daba la impresión que fuésemos hermanos.

"Vete tú si quieres, la casa es mía" -pensaría ella en momentos de tensión.
"¿Irme de mi propia casa?" -me preguntaba a solas.

No niego que algunos días yo dormía en otras partes, disfrutando paisajes que no me pertenecían, y que los poseía sin recato, sin pensar que el mañana pudiese hacer reclamos airados. Sin pensar nada más. En esos instantes de libertad el espíritu es otro; se transforma incluso la piel y las percepciones cambian. Podría uno quedarse atrapado en ese segundo pensando haber arribado a la eternidad. Eso creía.

Cuando retornaba, ya casi no me acordaba de ella, quien aprovechaba mi ausencia para ganar hegemonía. Allí estaba, allí respiraba una y mil veces su aliento que me iba pareciendo repulsivo. Su cuerpo engordaba a la par con mi desprecio. Sus ojos redondos, su mirada compulsiva se entremetía como demonio, y yo no podía más: debía matarla. Sí, debía acechar cada paso que diera, perseguir su mofa descarada y deshacerme de sus restos sin que nadie me viera. Quizá esconder su cadáver en las cloacas del drenaje, y olvidarla. Olvidar su putrefacción, sus dientes amarillos, su muerte asistida.

Desde ese día no cejé en mi persecución. Atisbé sus ademanes, me aprendí su recorrido por la casa, conocí cada minucia de su vida. Entonces, por la noche, cuando la muerte se une con la sombra, decidí su grotesco destino. Le asesté el primer golpe con una mole de hierro, pero sobrevivió; se fue arrastrando hacia el patio con sus chillidos agónicos y hasta allá la perseguí. No había marcha atrás. El odio no conoce retroceso, y yo bebí la copa de su agonía. No quería morir la maldita, hasta en eso me contradecía, pero todo acabó cuando aplasté su cabeza con una piedra.

Entonces, al fin me deshice para siempre de la rata. Mi casa y yo volvimos a respirar la vida.

Martín Guerrero Ortega

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