Benjamín, el “nuevo” en la universidad de Harvard escudriñaba fascinado los cuadros del aula. Si no se hubiera resistido al encantamiento de sus colores, nunca más volvería a dar placer visual a nadie, ya que mirar por mucho tiempo una pintura lo sumergiría en un letargo eterno; así como alguna vez les pasó a nuestros acompañantes antes de ser donados; me refiero a todos los que, al igual que yo, su vocación es dejarse ver por los demás.
Mientras transcurría la clase se percató que vista desde otra perspectiva, el alumnado podría convertirse, de poder plasmarlo en óleo, en una pieza cara colgada en la pared de algún millonario. A diferencia de su antigua generación, a Benjamín no le gustaba ser exhibicionista, de lo cual nunca se quejaba porque él sabía que nunca sería escuchado. Sin embargo, la gente siempre se llevaba una buena impresión de él y eso de algún modo le agradaba.
A Benjamín no le gustaba presumir, pero era realmente bueno imaginándose pintando; seducido por la perspectiva de una nueva obra comenzó a “pintar”: las pinceladas al ritmo de Mozart eran su principal obsesión; como ahora no contaba con tan formidables melodías, tuvo que imaginárselas.
Al culminar su obra y mientras la archivaba en la galería de su mente se regodeó en su propio talento, tratando de asimilar cuál de todas sus creaciones era la mejor; con aquel dilema revoloteando entre sus coloridos relieves recordó lo que una tal “Mona” le dijo una vez hace mucho tiempo cuando le tocó visitar el museo de Louvre: “Uno nunca sabe cuál de todas tus obras será la mejor”
Jared Brontë

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