La Historia De Familia
24 de diciembre, 1942. Auschwitz II
He tenido mala fortuna estos últimos meses, pues he cargado con el horror y la desesperación. Me he sentido enfermo del estómago, e incluso he defecado en mis pantalones; aunque finjo no hacerlo por mi esposa Marisa, y por mis tres hijos pequeños. La vergüenza de haber sido sacado del sótano de mi casa por los polacos, y luego detenido por los nazis me hace sentir decepcionado de mí mismo por ser judío.
He caminado junto a mi familia por un largo rato por un túnel inmenso; el cual va dirigido hacía el campo a dónde vamos. Mi hija María está agotada, y debo cargarla con precaución por mi enfermedad.
La marcha sigue a pasos lentos; allí los alemanes comienzan a disparar al suelo, y mucha gente entra en pánico. Yo me quedo quieto y tomo de la mano a mi esposa, y de reojo veo a mi hijo Leman; quien no se despega del cinturón de mi pantalón. Marisa me muestra miedo por sus muecas, mientras yo acaricio su mejilla, y luego escucho los disparos que entorpecen mis siguientes palabras.
Han pasado varios minutos, y vamos en dirección recta del túnel rumbo a un gran edificio; donde una inmensa chimenea saca humo negro. Un hombre a mi lado dice en voz alta:
—ése es el infierno de los judíos.
Cuando terminamos de caminar por el túnel, nos dirigimos al gran edificio; allí varios alemanes nos custodian; sin embargo noto en el semblante de uno de ellos vergüenza y angustia.
Entramos al edificio, y varios hombres nos ordenan desnudarnos. Uno de ellos dice algo acerca de una ducha higiénica. Marisa se muestra molesta mientras las otras personas obedecen la orden, yo obligo a desvestirla, y al momento recibo una fuerte bofetada, y después de algunos segundos una desesperada caricia, que entumece mi rostro.
Dentro del gran edificio, Marisa se desprende de su ropa; a su vez yo me apresuro para desvestir a mi hija María; quien llora junto al pequeño Theodore.
Cuando estamos completamente desnudos, un hombre nos ordena adentrarnos a una habitación hermética, a su vez los judíos se amontonan en la puerta.
Al entrar a la habitación totalmente hermética, escucho de cerca que un hombre cierra la puerta por fuera. Yo tomo a mi familia en mis brazos, y comienzo a llorar desconsoladamente; allí, mi hija María me dice al oído que vamos a un mejor lugar, donde los judíos puedan vivir en paz.
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