LA POESÍA: ASUNTO QUE NOS MULTIPLICA

jueves, 11 de noviembre de 2010

La Historia De Familia

24 de diciembre, 1942. Auschwitz II
He tenido mala fortuna estos últimos meses, pues he cargado con el horror y la desesperación. Me he sentido enfermo del estómago, e incluso he defecado en mis pantalones; aunque finjo no hacerlo por mi esposa Marisa, y por mis tres hijos pequeños. La vergüenza de haber sido sacado del sótano de mi casa por los polacos, y luego detenido por los nazis me hace sentir decepcionado de mí mismo por ser judío.
        He caminado junto a mi familia por un largo rato por un túnel inmenso; el cual va dirigido hacía el campo a dónde vamos. Mi hija María está agotada, y debo cargarla con precaución por mi enfermedad.
La marcha sigue a pasos lentos; allí los alemanes comienzan a disparar al suelo, y mucha gente entra en pánico. Yo me quedo quieto y tomo de la mano a mi esposa, y de reojo veo a mi hijo Leman; quien no se despega del cinturón de mi pantalón. Marisa me muestra miedo por sus muecas, mientras yo acaricio su mejilla, y luego escucho los disparos que entorpecen mis siguientes palabras.
Han pasado varios minutos, y vamos en dirección recta del túnel rumbo a un gran edificio; donde una inmensa chimenea saca humo negro. Un hombre a mi lado dice en voz alta:
—ése es el infierno de los judíos.
       Cuando terminamos de caminar por el túnel, nos dirigimos al gran edificio; allí varios alemanes nos custodian; sin embargo noto en el semblante de uno de ellos vergüenza y angustia.
       Entramos al edificio, y varios hombres nos ordenan desnudarnos. Uno de ellos dice algo acerca de una ducha higiénica. Marisa se muestra molesta mientras las otras personas obedecen la orden, yo obligo a desvestirla, y al momento recibo una fuerte bofetada, y después de algunos segundos una desesperada caricia, que entumece mi rostro.
       Dentro del gran edificio, Marisa se desprende de su ropa; a su vez yo me apresuro para desvestir a mi hija María; quien llora junto al pequeño Theodore.
       Cuando estamos completamente desnudos, un hombre nos ordena adentrarnos a una habitación hermética, a su vez los judíos se amontonan en la puerta.
       Al entrar a la habitación totalmente hermética, escucho de cerca que un hombre cierra la puerta por fuera. Yo tomo a mi familia en mis brazos, y comienzo a llorar desconsoladamente; allí, mi hija María me dice al oído que vamos a un mejor lugar, donde los judíos puedan vivir en paz.

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